La primera parte de mi viaje a la Ensenada de Yapascua pueden encontrarla en este enlace. Preferiblemente, léanla antes de leer esta segunda parte.

Continúa la historia sobre mi estadía en Yapascua, la playa donde no hay palmeras, pues me faltó contarles qué tal estuvo la noche del sábado y cómo la pasamos el domingo.

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Una de mis fotos favoritas, tomada al amanecer.


Nunca antes había acampado. Nunca había tenido un viaje de disfrute sin mi familia. Nunca había caminado una montaña. Nunca me había enamorado de un lugar. Y nunca había ido a Yapascua.

Pero increíblemente, todo eso ocurrió el fin de semana pasado cuando se me dio la oportunidad de ir a la Ensenada de Yapascua y además, pasar la noche en tan maravilloso lugar.




A diario te veo, padre.

Veo como crías a tu hijo, como juegan, como ríe contigo, como es feliz a tu lado. Pero también veo como caes ante su llanto, como complaces sus caprichos, como lo mal acostumbras.



¡Corté mi cabello!

Sí, corté mi cabello. Pero empecemos a contar esta historia de locos desde el principio pues aunque el corte ha roto algunos corazones, el saber la historia suaviza un poco el golpe y el dolor del mismo.



La tercera y cuarta pieza

No es difícil incluir un tercero en la foto donde solo había dos.
Difícil es incluirle realmente,
incluirle en nuestras vidas y dejarle entrar.
Difícil es integrarlo en nuestras rutinas,
o cambiarlas de ser necesario.
Lo difícil es acostumbrarse a una nueva figura,
una que no recuerdo haber tenido antes.
Difícil es lidiar con los celos de que a veces su felicidad no sea causada por mí,
sino por ese alguien nuevo.