Supongamos que cada ser humano vivo es un planeta, o mejor, una estrella. O, para que está publicación tenga más sentido, cada ser humano es una galaxia. Y todos juntos formamos un universo, uno millones de veces más grande que nuestras galaxias, uno infinito quizás, pues somos millones y nuestro número aumenta.

Soy una galaxia. Las estrellas son mis recuerdos; no hay un sol sino decenas y representan mis metas; hay planetas, son los rasgos de mi personalidad y aunque se ven siempre iguales, cambian con una lentitud impresionante; hay meteoritos de tanto en tanto, son obstáculos.
Normalmente, esta galaxia vive en armonía.
Mi galaxia coexiste con otras galaxias, son mis familiares y amigos, son mi entorno. Hay paz, no hay choques, explosiones ni nada como eso, cada galaxia tiene su espacio para existir.
(...)
Pero... Hay algo formándose en mí, en mi galaxia.
Oscuro, con deseos de llevarse todo lo bueno, de devorar mi galaxia. Un agujero negro. Uno que desea absorber todo a su paso, sin contemplación.
Va por el presente, lo ensombrece. Va por mi personalidad y mis metas, me desmotiva, me llena de desesperanza, me embarga la tristeza. Va por mis recuerdos, los torna melancólicos, lejanos, instaura en ellos un pensamiento «estos preciosos momentos no volverán jamás, ya nada es igual».
Los meteoritos existentes se dividen, disminuyen su tamaño pero multiplican su número y su fuerza, empujan a cada parte de mi galaxia al agujero negro para que este devore todo lo que esté a su alcance.
Es una total locura. Una que nadie pensó que podía pasar, no en mi galaxia, pero ahí está. Y las circunstancias no lucen como si pronto fuesen a cambiar.

La metáfora es una buena herramienta para expresarse, ¿no lo creen?
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